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El parto vaginal: de lo natural al lujo

Por: Dr Ariel Leonor / Obstetra-Ginecólogo-Colposcopista

Hay algo profundamente paradójico en la obstetricia moderna. Hemos aprendido a vigilar mejor al feto, diagnosticar complicaciones con mayor precisión, controlar la hipertensión, tratar la hemorragia, mejorar la anestesia, salvar madres y recién nacidos que décadas atrás probablemente no habrían sobrevivido.

Hemos avanzado. Y, paradójicamente, algo tan antiguo como el parto vaginal comienza a parecer extraordinario.

¿En qué momento parir dejó de ser lo habitual y comenzó a convertirse, en algunos contextos, casi en un privilegio?

En República Dominicana esta pregunta ya no puede hacerse solamente desde la percepción clínica. Los números obligan a detenernos.

Según los datos citados en este artículo, la encuesta ENHOGAR-MICS 2025 encontró que el 68.2% de los nacimientos recientes correspondió a cesáreas y apenas el 31.8% a partos vaginales. El dato resulta todavía más llamativo cuando observamos el lugar de atención: en los centros privados, la cesárea alcanzó el 87.9%, mientras que en el sector público fue de 51.8%.

La pregunta no es condenar la cesárea; es entender por qué se ha convertido en la vía predominante para nacer y por qué esa probabilidad cambia de manera tan marcada según el lugar donde una mujer recibe atención y su contexto socioeconómico.

¿Estamos frente a una mayor necesidad médica de cesáreas o frente a una transformación cultural, económica y organizacional de la manera en que estamos naciendo?

La cesárea es una de las grandes herramientas de la medicina moderna. Ha cambiado la historia de la obstetricia y, cuando está indicada, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

La preocupación comienza cuando una intervención destinada a resolver una necesidad médica termina convirtiéndose en la vía predominante para nacer.

Una cosa es realizar una cesárea cuando la mujer o el bebé la necesitan. Otra muy diferente es construir un sistema en el que el parto vaginal parezca la alternativa que requiere más tiempo, más paciencia, más acompañamiento y, en ocasiones, más recursos.

Aquí nace la reflexión de este artículo: el parto, de lo natural al lujo.

Durante siglos, el parto fue entendido fundamentalmente como un proceso fisiológico. La medicina entraba para acompañarlo, observarlo y actuar cuando aparecía una amenaza.

Hoy, en determinados escenarios, la lógica parece haberse invertido. La medicina no siempre entra al parto porque existe una complicación; en ocasiones, la propia dinámica del sistema puede terminar transformando la fisiología en una sucesión de intervenciones.

Inducción, monitorización continua, restricción de la movilidad, analgesia, intervenciones sobre la dinámica uterina y decisiones cada vez más tempranas pueden formar parte de un proceso necesario, pero también pueden contribuir a que un parto fisiológico termine en una intervención que inicialmente no era imprescindible.

Y cuando el proceso no responde al ritmo esperado aparece una expresión conocida: “falla de progresión”.

Pero aquí surge una pregunta esencial: ¿falla la progresión para quién? ¿Para la mujer? ¿Para el bebé? ¿O para un sistema que tiene horarios, camas, turnos, quirófanos, agendas y tiempos administrativos que cumplir?

No podemos confundir la comodidad del sistema con la necesidad clínica de la paciente. El nacimiento tiene un tiempo biológico. La medicina moderna, aunque extraordinariamente poderosa, todavía no ha conseguido que la fisiología humana funcione como un horario de oficina.

Si la probabilidad de una cesárea cambia drásticamente según el nivel socioeconómico, el tipo de establecimiento o el modelo de atención, entonces no estamos hablando exclusivamente de biología.

Estamos hablando de sistema de salud. De incentivos. De cultura. De expectativas. De información. De disponibilidad de personal. De acompañamiento.

Y también de una percepción social creciente de que la cesárea es un nacimiento más controlado, más seguro o incluso más moderno.

Cuando el parto vaginal se convierte en lujo, el concepto de lujo adquiere un significado diferente.

Porque un lujo no siempre es algo costoso; a veces es algo que debería ser cotidiano, pero que se vuelve difícil de conseguir.

Un parto vaginal acompañado. Un equipo que tenga tiempo para esperar. Una institución que permita la movilidad. Una persona de confianza junto a la mujer. Analgesia adecuada. Un obstetra capaz de distinguir entre una evolución lenta y una verdadera distocia. Una enfermera que pueda acompañar. Un equipo que tenga paciencia.

Eso también es calidad.

Tal vez ahí está el verdadero lujo: contar con las condiciones necesarias para que la fisiología pueda desarrollarse con seguridad, dignidad y respeto.

La cesárea no es el enemigo.

Es importante decirlo con claridad. No se trata de establecer una guerra entre el parto vaginal y la cesárea.

Una mujer con una indicación absoluta o una situación clínica que requiere una cesárea necesita un quirófano, un equipo preparado y una intervención oportuna. La buena obstetricia no consiste en tener una tasa baja de cesáreas.

Consiste en hacer la cesárea correcta, en la mujer correcta y en el momento correcto.

Pero también consiste en no hacerla cuando no es necesaria. La cesárea es una cirugía mayor: tiene enormes beneficios cuando está indicada, pero también implica riesgos inmediatos y futuros para la madre y para embarazos posteriores.

Por eso, la pregunta no debería ser qué vía del parto nos gusta más, sino cuál ofrece el mejor balance entre seguridad, necesidad clínica, autonomía y bienestar para esa mujer y su bebé.

Los médicos también tenemos que mirarnos al espejo.

Es fácil decir: “Las pacientes piden más cesáreas”. Algunas lo hacen. Pero debemos preguntarnos por qué.

Puede existir miedo al dolor, experiencias traumáticas previas, información recibida en redes sociales, historias familiares o la percepción de que una cesárea es más segura.

Antes de juzgar una decisión, debemos comprender de dónde nace.

Y también preguntarnos como médicos: ¿cuántas veces recomendamos una cesárea porque realmente es necesaria y cuántas veces porque resulta más predecible?

Debemos recuperar el valor de esperar.

Esperar no significa hacer menos medicina. Significa vigilar, acompañar, tener criterios claros de alarma y saber cuándo la espera es segura y cuándo deja de serlo.

Tal vez el título de este artículo pueda parecer provocador: “El parto vaginal: de lo natural al lujo”.

Pero después de observar nuestra realidad, quizás tenga más sentido del que inicialmente parece.

Si una mujer necesita buscar una institución determinada, un médico específico, pagar más dinero o pertenecer a determinado estrato social para tener una mayor posibilidad de un parto vaginal respetado, acompañado y seguro, entonces algo está fallando.

No la mujer.

No la fisiología.

El parto vaginal no debería ser un privilegio de quienes puedan pagarlo.

La cesárea tampoco debería ser un privilegio de quienes pueden acceder a ella cuando realmente la necesitan.

La verdadera meta debería ser otra: que cada mujer tenga acceso a la vía de nacimiento que médicamente necesita, que comprenda sus opciones y que pueda vivir el proceso con seguridad, dignidad y respeto.

Intervenir cuando la vida lo exige. Esperar cuando la fisiología lo permite. Y nunca olvidar que detrás de cada estadística hay una mujer que no está dando a luz solamente a un bebé, sino también a una experiencia que recordará toda su vida.

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